Back-up de textos de Germán Navas

Espacio que utilizo para mantener a salvo todo lo que escribo: cuentos, notas periodísticas, poesías, letras de canciones, fórmulas, historietas y recetas de cocina. Seguramente sea mi espacio más íntimo en la Web, por eso te pido discreción.

sábado, septiembre 29, 2007

Huelga en Jaebs

Jaebs era una fría y rústica aldea de montañas ubicada al nordeste de Eslovenia, prácticamente en el límite con Ucrania, en uno estos puntos –como suele decirse comúnmente- caídos del mapa. Su territorio se encontraba habitado por una treintena de familias, en su gran mayoría de origen polaco. Apenas se conocía en la región acerca de los hábitos de esta aldehuela: se cree que los montañeses solían ser personas absolutamente discretas y respetuosas. El estado de aislamiento de Jaebs respecto del resto de la región era altísimo, de hecho, la ciudad más cercana se situaba a 45 kilómetros de allí, motivo por el cual el poblado aprendió rápidamente a abastecerse de los recursos naturales y a cubrir sus necesidades básicas sin inconvenientes. Cabe lugar aclarar que, pese a todo, los registros que dan cuenta de la existencia de aquel lugar son absolutamente escasos, puesto que el genocidio que exterminó durante la primera guerra mundial a todos los residentes de Jaebs, trajo aparejado consigo el devastamiento e incineración de todos los bienes materiales del poblado.
Sin perjuicio de su penoso desenlace, un hecho curioso dejaría un rastro clave en la memoria de muchos, evitando que la pequeña aldea se desmoronara a través de los abismales corredores del olvido: “la huelga de carteros de 1898”.
En el mencionado año, el único lazo de comunicación que mediaba entre Jaebs y el resto del mundo solía ser el correo. Semanalmente, un cartero recorría larguísimos kilómetros para acercar decenas de cartas al poblado, donde los lugareños se anoticiaban de lo ocurrido con sus familiares en Polonia y otros puntos de Europa. Las treinta familias aguardaban con suma ansiedad durante toda la semana el momento de la llegada del cartero. Y aquél constituía un motivo de plena felicidad, y un estímulo suficiente como para esforzarse en sus tareas a diario.
Pero un día, repentinamente, el cartero dejó de acudir a Jaebs, sin recibir el pueblo ningún tipo de explicación. Así las cosas, los habitantes, acongojados, aguardaron días, y luego semanas, ilusionados con la llegada del señor de las epístolas. Pero nadie más ingresaba a Jaebs, pues también era cierto que su ubicación geográfica hacía muy ardua la travesía necesaria para arribar al lugar.
Seguramente, la esperanza más fornida se encontraba puesta en un joven aprendiz de alquimista, de notable aspecto atlético, quien –según se cuenta- pudo atravesar las montañas a pie hasta llegar a Linse, la ciudad más próxima, en busca de respuestas. El muchacho fue anoticiado allí de que los todos los carteros se habían congregado para comenzar una huelga en reclamo del mejoramiento de sus condiciones de trabajo, y por tal motivo, resultaron acribillados por las fuerzas de infantería del ejército esloveno. Dos días más tarde, al traer la nefasta nueva al pueblo, los aldeanos debieron aprender a vivir con una pena dentro de su alma, y en verdadera incomunicación con el exterior.
Así las cosas, los años trascurrían pero ya nadie anhelaba recibir una correspondencia, todos aceptaban la crudeza de la realidad. Se sospechaba entre los ciudadanos, que el servicio epistolar ya se encontraba repuesto y funcionando en Linse, y que los nuevos dependientes no traían consigo la correspondencia a Jaebs por mero desconocimiento de su existencia. Sin embargo, ya nadie se atrevía a poner en riesgo su vida intentando atravesar las frías nevadas eslovenas para recibir, probablemente, otro duro golpe a sus esperanzas.
Finalmente –a más de diez años de la interrupción del servicio de mensajería- llegó el día tan ansiado. Mientras los hombres del pueblo se encontraban en actividad de recolección de frutos y las mujeres cuidaban de sus críos en sus hogares, dos hombres uniformados, de similar aspecto físico, con bigotes y de baja estatura, aparecieron desde lo lejos cabalgando por el corredor principal de Jaebs, cargando consigo dos enormes bolsas cada uno, repletas –naturalmente- de cartas. Se detuvieron con cierto temor al darse cuenta del sobresalto que causaban entre los residentes. Al descender de sus caballos, entregaron cuidadosamente las bolsas a algunas de las familias presentes y a su vez, éstas distribuyeron las correspondencias por todo el poblado.
De esa manera, Jaebs recibió en un solo día diez años de correspondencia, y la gente se emocionó, se alegró, se escandalizó, y pasó por todos los estados posibles de ser transitados por el hombre. Algunas jovenzuelas recibieron motivadoras noticias de sus pretendientes, otras absorbieron, desahuciadas, la desgracia del abandono; hijos lloraron por la muerte de padres; amigos pudieron volver a conectar sus corazones, y alguien preguntó qué era exactamente aquel inverosímil invento de la máquina a vapor. Todo fluyó y transcurrió en un mismo e inagotable día. Se podrían haber llenado baldes con lágrimas, y también inflado cientos de globos a partir de las carcajadas que se desprendieron.
De lo demás, poco y nada se pudo volver a saber de Jaebs, previo a destrucción a manos del ejército Nazi. Sin embargo, aquella fecha, el 29 de setiembre de 1908, aún se la recuerda en la actualidad -a lo largo de toda la región oriental de Europa- como Med Napisane: “El día de la emoción”.

martes, septiembre 11, 2007

Guardapolvo y Constitución

El día en que se llevó a cabo mi graduación universitaria, un compañero de estudio –que también iba a recibir su ansiado diploma durante aquella cermonia- me preguntó por qué yo había elegido desempeñarme como abogado y también como docente, pues es claramente ostensible lo poco tienen en común dichas profesiones. Y lo que es más aún, qué necesidad tendría yo de dispendiar horas de mi vida dando clase, percibiendo un modesto sueldo de profesor, cuando se supone que la gratificación económica que produce la actividad jurídica trae aparejado un rédito, a toda vista, tanto más generoso.
- Para cambiar el mundo –contesté simplemente.
Y expliqué a esta persona que al mundo, o si se quiere, a la sociedad en su conjunto, no se lo cambia solamente con leyes emanadas del Congreso de la Nación, o de un decreto del Poder Ejecutivo, sino que resulta indispensable para la formación cívica de los ciudadanos, la educación. Opino que el rol docente juega un papel fundamental en el sistema educativo de cualquier civilización, y no sólo debe limitarse a transmitir conocimientos específicos sobre un área en particular, sino que principalmente debe apuntar a formar personas. Y no solamente ello, sino que en rigor de verdad, debe tender a formar buenas personas, transmitiendo los genuinos valores de la cultura, los innegables ideales la democracia y el respeto mutuo. Todo ello, naturalmente, encuadrado dentro de un marco normativo digno, con leyes razonables que sean ajustables armónicamente a la sociedad en su conjunto, sin hacer ningún tipo de discriminación arbitraria en cuanto a su aplicabilidad. Y para que este marco legal sea apropiado a las necesidades de la comunidad, es que estudié derecho. En definitiva, la única receta que propicia mis ideales está dada –hasta el momento- por el Guardapolvo y la Constitución, pues no cabe deuda que al mundo se lo cambia desde el derecho y desde las aulas.
- Gracias -contestó anonadado.
Supongo que debí haber sonado convincente, pues hoy en día, mi compañero de graduación se convirtió en uno de los mejores docentes que he conocido, y en un ser digno de admiración.

domingo, septiembre 02, 2007

Tengo una ramera en el bolsillo de mi saco

Y no sé cómo dirigirme a ella, exactamente. Adopta la forma de canica. Por momentos es japonesa, y por momentos, lecherita. Ya le advertí: “No insistas, opi no tengo para ti”. Pero no me hace caso, y me impide respirar. Menos mal que está en el bolsillo de mi saco y no hundida en un vaso. Me perturba excesivamente. No podría arrojarla a la deriva tan lentamente, y despojarme de ella, pues allí acechan las ratas de albañal, esperando devorarla viva tras el umbral. Pobre esferita, pobre ramerita. Pensar que ya he pretendido cambiar de vestimenta, pero ella siempre estará allí, somnolienta, lista para importunar a quien sienta que la ha traicionado. Habitará por siempre entre los textilares del hombre, con su bozo intrincado. Pobre ramerita, pobre esferita. Tengo una ramera en el bolsillo de mi saco. Y no sé cómo dirigirme a ella, exactamente…