Back-up de textos de Germán Navas

Espacio que utilizo para mantener a salvo todo lo que escribo: cuentos, notas periodísticas, poesías, letras de canciones, fórmulas, historietas y recetas de cocina. Seguramente sea mi espacio más íntimo en la Web, por eso te pido discreción.

viernes, enero 05, 2018

Dormite Navas

Me tiro en la cama, ya es medianoche, cierro los ojos. No puedo dormirme y sé por qué es: estoy gestando una idea. Me vino de golpe. La idea. A veces me pasa, aunque cada vez menos. La veo venir, la dejo entrar y le preparo un té. A la idea. Es buena, eh, tiene un potencial enorme. Es una idea nuclear. Debería encontrarle un cuerpo, debería vestirla. Puedo ponerle traje de canción, de cuento, de guión. Aunque pienso que es mejor escribirla mañana, ya descansado. Sí, mejor. ¿Vas a abandonarme, Navas, ahora que aparecí? Es verdad, mañana cuando despierte te habré olvidado, ya me pasó antes, no debería confiar en mi memoria. Manoteo el celular y grabo una nota de voz. Listo, te atrapé, cuando despierte nos vemos y la seguimos. Apoyo mi cabeza en la almohada y cierro los ojos otra vez. A partir de ahí la idea echa raíz y crece ramificándose con velocidad, creando un mundo del que no me puedo desentender. La observo y grabo la segunda nota de voz en el celular. Ya es la una, dormite Navas, que mañana tenés audiencia. Pero no puedo, esta vez vino buena. La idea, digo. Está enorme, ya no me cabe en la cabeza. Menos cabe en una nota de voz. Está por explotar. Me levanto urgente. Camino descalzo al living, gracias Navas, no te vas a arrepentir, vas a ver. Abro la computadora, y se va a los dedos. Me refiero, claro, a la idea. La dejo, que haga sola en el teclado. Parece que quiere ser cuento. Mejor, una vez fue canción y mi vecino protestó. Le doy rienda suelta, vaya querida pero apúrese que ya son casi las dos de la mañana y en seis horas declara un testigo. Me convierto en un espectador de las palabras que se forman por las letras que mis dedos escupen a través de las teclas. No paran, parece que había mucho por decir. Así, los minutos, así las horas. A a las cinco y media, la idea pone el punto final.  Mi mente se desagota formando un remolino hidráulico. Reviso el material una y otra vez. Te dije que no te ibas a arrepentir, Navas. Cierto, estoy satisfecho. Voy al baño, con una mano agarro el celular y borro las notas de audio. Con la otra mano agarro el pito, meo, después me acuesto y cierro los ojos. Ya está. Dormite Navas. Dormite porque, aunque hayas hecho un gran trabajo, nada de esto lo sabrá el juez que en un par de horas tomará la audiencia donde, con cara de dormido, interrogarás a tu tesptigo de parte

viernes, diciembre 29, 2017

Panadería (en proceso de escritura)

El domingo amaneció un día peronista. Lo honré yendo a la panadería a comprar bizochitos de grasa, ideales para acompañar el mate. Serían las diez de la mañana y el sol ya empezaba a pegar fuerte. A esa hora atiende suele atender Patricia, que es compañera, y por ende, mi panadera favorita.
El olor de la panadería ya suele sentirse dos o tres cuadras antes de llegar. Hasta pienso que con el olor, uno podría cerrar los ojos y levantar los pies, y que el aroma lo dirija. Cuando Patricia me vio entrar, habría cuatro o cinco personas. Le hice los deditos en ve y me guiñó el ojo.
Como el local no suele tener esa maquinita donde va la cinta de números, pregunté quién era la última persona, como para ubicarme detrás.
- La señora es la última –me indicó un vecino viejo señalando a una mujer pelirroja.
- Perdón, señora ¿qué número tiene usted? –me dirigí a ella en broma.
- No tengo ninguno, no hay números –me explicó seriamente ante la mirada cómplice de Patricia y el resto de los clientes.
- ¿Cómo que no? Yo tengo el doce, así que usted debe tener el once.
Y de inmediato, mi vecino viejo gritó: -¡Entonces yo tengo el diez!– y todos reímos.
            Mi panadera favorita, ya muy tentada, le dijo a las jovencitas que atendía:
- Chicas, entonces ustedes tienen el nueve –mientras colocaba dos últimas facturas que completan la docena en una bolsa de papel. Eran tortitas negras. Mis favoritas. Y pensar que hay tanta gente que las odia. (metáfora hegemonía de las facturas) Les falta prensa.
- Cuando me reencarne en factura quiero ser tortita negra –dije y todos rieron nuevamente, menos la mujer pelirroja.
De inmediato entró al local una vecina con su perrito en brazos. Todos la miramos y le gritamos casi al unísimo:
- ¡Usted tiene el número trece!
Desde ese momento, a cada persona que entraba se le asignaba un número y Patricia –partícipe entusiasta de este juego- iba llamando uno a uno siguiendo el orden estipulado. Hasta a la mujer pelirroja se la veía disfrutar del juego, y finalmente se fue con una mueca de sonrisa en la cara.
- Enviudó hace unos días –me susurró Patricia señalando a la señora luego de que saliera del local- Y le sacaste una sonrisa.
Me sonrojé un poco, y pedí mis bizcochitos, mientras seguía entrando más  gente que recibía su número. Pagué, saludé a la panadera más genia del planeta, y me fui. Una vez en la vereda, miré por detrás de la puerta de vidrio, hacia adentro del local y me pareció que ella me estaba haciendo los deditos en ve. Quizás me pareció, y simplemente estaba indicando una cantidad o un precio. Todo se ve distorsionado desde atrás del vidrio.
Al irme, me desvié dos cuadras para pasar por lo de mi hermana, mi no-compañera favorita. Yo la amo igual. Le quería contar ese sistema de números que había inventado. Me escuchó atentamente y se reía mucho. Tiene una risa muy contagiosa mi hermana. Tomamos dos mates, le dejé los bizcochitos y retomé el camino a mi casa.
Dos horas más tarde, me llamó por teléfono. Es raro, porque mi hermana nunca me llama por teléfono. Me llamó la atención su llamada, se la escuchaba emocionada:
- No sabés, te tengo que contar, no lo vas a poder creer! Recién fui a la panadería a comprar pan, y cuando entré había un grupo de personas muertas de risa. Apenas entré me dijeron: vos sos el cuarenta y nueve.
No me aguanté la ansiedad y tuve que volver para verlo con mis propios ojos. Caminé las cinco cuadras y al entrar me asignaron el cincuenta y cuatro unos tipos que no me conocían y estaban muertos de risa. Les seguí el juego. Y miré a Patricia. No hicieron falta palabras. Me sonrió y me hizo los deditos en ve.
Pucha, con qué poquito se puede cambiar el mundo.











































El domingo pasado fui a la panadería a comprar bizcochitos de grasa. Llamé al ascensor a las diez de la mañana, y el sol ya pegaba fuerte. Era, a toda luz, un día peronista.
Durante el turno de la mañana suele atender Patricia, que es ‘compañera’, y como tal, mi vendedora favorita. Una vez me contó que la dueña es muy gorila, entonces evita hablar de política públicamente.
Caminé cuatro cuadras y antes de llegar a la última, ya podía sentirse ese delicioso a factura recién horneada de las panaderías.
Apenas entré, conté cinco personas adelante. Miré a Patricia, y mientras cerraba la puerta con una mano, le hice los deditos en “v” con la otra. Ella sonrió y me guiñó el ojo.
Como el local no tiene una de esas maquinitas que entregan un número, pregunté quién era la última persona, como para ubicarme detrás.
- La señora es la última -me indicó un hombre mayor señalando a una mujer peliroja. Se trataba de mi vecina Sonia, que vive en los dúplex nuevos de la calle Santa Fe, y que según me contaron los vecinos, enviudó hace muy poco. En el barrio se sabe todo.
- Ah, entonces yo voy después de usted, señora –le indiqué y ella asintió con la cabeza. Insistí:
- Perdón –insistí- ¿qué número tiene usted? –le pregunté como en chiste.
- Ninguno; no hay número.
- Cómo que no. Yo tengo el 12, así que usted seguro debe tener el 11 –seguí bromeando. Y de inmediato el anciano gritó:
- Entonces yo tengo el 10!
La vendedora, que presenció la situación mientras ponía pancitos en una bolsa, rió fuertemente y le dijo a las chicas que estaba atendiendo:
- Chicas, entonces ustedes tienen el 9.
Todos reímos, salvo la mujer de cabello rojizo.
De inmediato entró al local una vecina con su perrito en brazos. Todos la miramos y le dijimos casi al unísono:
- Y usted tiene el número 13!
Desde ese momento, a cada persona que entraba se le asignaba un número, y la vendedora –ya promotora entusiasta de este juego- iba llamando uno a uno, ordenadamente, por número asignado. Hasta la mujer pelorroja se aflojó y se la veía disfrutar del juego, y se fue saludando y sonriendo.
Una vez que le pagué a Patricia los bizcochitos, saludé y me fui, riendo y pensando en todo este método que había inventado.
Llegué y le conté a mi hermana toda la secuencia y se rió mucho. Tomamos los mates con bizcochos y se fue a su casa, que queda cerca de la mía.
Al mediodía, alrededor de la una de la tarde, me llamó emocionada:
- ¡Te tengo que contar! ¡No lo vas a creer! Recién pasé por la panadería a comprar pan y cuando entré, había varias personas que riendo me dijeron que yo tenía “el número 49”. Le corté.

No me aguanté la ansiedad y tuve que volver para verlo con mis propios ojos. Caminé las cinco cuadras, y apenas entré me asignaron el 56 unos tipos que no conocía y que estaban muertos de risa. Les seguí el juego y miré a Patricia. No hicieron falta palabras: me sonrió y me hizo los deditos en ve.
Pucha, con qué poquito se puede cambiar el mundo.








Sadf

La Roma es una de esas panaderías que no dan respiro. Primero, porque están siempre repletas de gente. Y segundo, porque el aroma que empieza a sentirse desde la lejanía, hace que el aire se convierte en un vicio que uno no quiera dejar de inhalar. (arreglaro todo).
El domingo cuando entré habría seis o siete personas delante de mí (nunca hay menos). Como la mercadería está dispersa, siempre que uno entra pregunta: ¿quién es el último?
Y como no hay que sacar número, desde el mostrador siempre preguntan: ¿quién sigue?
Al entrar pregunté en chiste: ¿por qué número van, Patricia?  (Patricia es mi empleada favorita, porque es compañera). Patricia se rió pero no me la siguió. Yo insistí un poco, entonces a la mujer que estaba por ser atendida le dije: “usted tiene el número 15, señora”, y al de atrás: “Y usted el 16”. Entonces yo tengo el 17 –un muchacho se prendió al juego. Y todos nos numeramos.
Yo tenía el 20.
Patricia, la compañera, se recontra prendió y llamaba por número. Cada uno sabía qué número tenía. Y a cada persona que entraba, gritábamos: usted tiene el 26, y le asignábamos un número.
Cuando compré xxxx y me fui, ya iban por el xxxx.
Llegué a casa y le conté a mi esposa. Fue a comprar biscochos de grasa para el mate.
Cuando volvió, estaba entre emocionada y divertida. “Iban por el 72”, me dijo.
- Eso es la comunicación popular, me dijo una profesora cuando le conté todo esto.


jueves, septiembre 21, 2017

Nombrarla


Me pregunto, infinitamente, para qué tuviste que nombrarla. Si todo era tan perfecto; perfecta la noche de estrellas, el enigma de tu aroma, los taninos vivos en tu lengua y el resto de vino en las copas. Tus uñas, perfectamente encastradas en mi espalda. Entonces, para qué. Para qué nombrarla así, si la música también era perfecta y el colchón nuevo de uno cincuenta.
Fue ver de reojo la boleta. Su foto en la boleta. Y transformarte. Entre mis libros, la boleta, transformarte bruscamente, largar el humo del después y despotricar. Y en un relámpago pasar del amor al desprecio, de la serenidad a la irritación, de la entrega a la embestida. Siempre creí que la ‘yegua’ era el mamífero hembra de la familia de los equinos. Mejor saberte así, somos seres de distinta naturaleza.

Por eso, cuando bajes del auto y esos tacos besen el suelo, no querrás volver a verme. Menos aún, cuando revises tu campera. Ojalá te traiga suerte. Que esa boleta que late, oculta en el bolsillo izquierdo, te traiga tanta suerte que algún día ella VUELVA.

Crónica de un terremoto


Se suponía que mi paso por México iba a ser muy breve: una simple escala de un día al regreso de un intenso viaje por Canadá. Pensé en aprovecharlo al máximo saliendo a recorrer algún pueblo histórico donde pudiese entrar en contacto con la cultura azteca.
Ese mismo día, el 19 de septiembre, dejé mi valija en un hotel de la ciudad de México y partí durante la madrugada hacia un pueblo de montaña, muy pintoresco, llamado Taxco, situado a 180 km. de distancia.
Después de unas horas, una vez que el ómnibus llegó a destino, comencé a recorrer el lugar y a caminar sus animadas callecitas. Para descansar un poco, elegí un banco en una plaza.
El sismo me tomó por sorpresa, como a todo el mundo. Yo estaba leyendo una novela del periodista Sietecase, cuando súbitamente empecé a sentir un pequeño temblor en el piso. Imaginé que se trataría del arribo de algún tren –o algo por el estilo- y seguí leyendo, compenetrado en la historia que el texto me proponía. En cuestión de segundos el temblor se hizo más fuerte y vino acompañado de un sonido muy grave. Cuando levanté la vista del libro, sentí algunos gritos y pude ver cómo mucha gente corría en dirección hacia donde yo me encontraba, es decir, al corazón de la plaza. Me paré y perdí la estabilidad inmediatamente. Todo ocurrió en pocos segundos. Me desesperé. No sabía qué hacer, hacia dónde correr y tampoco entendía del todo qué estaba pasando. El piso se movía mucho y era muy difícil mantenerse en pie. Se escucharon campanazos y estruendos. Más tarde, descubriría que los campanazos se habían producido naturalmente por el temblor de las iglesias, y los estruendos por la caída de tejas y distintos materiales que impactaban sobre el piso.
Cuando el terremoto apaciguó, todos estábamos en shock. Pregunté a dos estudiantes que se encontraban al lado mío qué era lo que había sucedido. “Un sismo”, contestaron confirmando lo que presuponía. El impacto emocional había sido tan grande que no me había dejado tiempo para procesarlo, para digerir toda aquella situación.
Volví a caminar por los lugares que había visitado unos minutos atrás y muchos de ellos estaban deteriorados. No vi gente herida, pero sí desesperada, en pánico y desmayada por el susto. Como se dañaron algunas antenas, no funcionaban los celulares para hacer llamados. Me conmovió el caso particular de una madre desesperada por contactar al jardín de su hijo. Quise quedarme junto a ella por unos minutos, y recién cuando pudo hablar y asegurarse de que estaba bien, me largué a llorar.
Caminé un poco más, solo, sin rumbo fijo, intentando poder ayudar a quien necesitara una mano, pero las fuerzas de seguridad y los servicios de salud nos pedían que nos mantuviésemos alejados por riesgo de nuevos derrumbes. Muchas zonas ya habían sido cercadas. Yo tenía ganas de abrazarme con alguien, de descargar mi angustia por todo lo que estaba ocurriendo, pero no tenía con quién.
Sin detener el paso, me topé con una estatua histórica, similar al Cristo Redentor de Río de Janeiro, pero de menor escala. Allí había un cartel manuscrito que rogaba alejarse la zona. De hecho, había pequeños escombros del propio Cristo en el piso. Tres mexicanos muy amigables se me acercaron a conversar, me advirtieron de lo peligroso que era estar en ese sitio, me subieron a un auto y me ofrecieron ir con ellos a su casa. No tenía mucho que pensar, necesitaba hablar con alguien y sentarme en algún lugar medianamente seguro. En el trayecto, me enteré que el terremoto había afectado también al D.F. y a otros estados. Yo venía pensando, ingenuamente, que sólo había irrumpido en el pueblo de Taxco.
Ya en sus casas, me dieron internet y avisé a mi familia que estaba bien, también  me prepararon una pequeña provisión de comida y bebimos un poco de tequilla. No sabía cuánto tiempo tendría que quedarme en Taxco, pero al día siguiente partía mi vuelo de regreso a Buenos Aires por la mañana.
Finalmente, me acompañaron a la terminal de ómnibus donde tuve que esperar cuatro horas hasta la partida del primer servicio de regreso hacia la ciudad de México, ya que los caminos estuvieron cortados por largas horas.
Durante el trayecto en micro me encontré con lo peor: gente removiendo escombros a oscuras, pidiendo silencio, casas derrumbadas, caminos destruidos. Llegué al hotel en el que me alojaba a las 2 de la mañana. Esa noche no pude dormir por la angustia. Y al día siguiente, luego de comprar todos los periódicos matutinos que conseguí, tomé el primer vuelo a Buenos Aires.
Ahora estoy de regreso en Morón y hoy retomé mi trabajo. No me está siendo fácil volver. Estoy acá, pero aún sigo allá. Estoy acá trabajando, pero sigo en la angustia de la madre que no podía contactar a su hijo, sigo en la voz de los que gritan para ser rescatados entre los escombros, en los ancianos, en los niños, en el Cristo que se cae a pedazos.

Estoy acá, escribiendo una vez más, pero sin dejar de pensar en el milagro de que estemos vivos.

lunes, agosto 14, 2017

Mormones

Hoy a las 8 de la mañana dos mormones me tocaron el timbre. Yo había dormido mal y poco. Entre asesinarlos y hacerlos pasar, opté por lo segundo. Buenos tipos, a la vista. El encuentro duró 15 o 20 minutos. Ellos me hablaron de Dios, y yo de la hegemonía de los medios de comunicación como sostén del gobierno neoliberal. Ellos me regalaron un libro sobre Jesús de Nazaret, y yo un apunte de Jesús (sic) Barbero que había usado para la facultad. Si bien todos mentimos cuando prometimos leer el material, pudimos hacer catarsis sobre lo que nos movilizaba. Yo los escuché y ellos me escucharon. Y aunque ya no creo que vuelvan, sentí que en ese momento a los tres nos unió una misma cosa: tener una convicción.
Pienso que hoy podemos elegir entre bajar los brazos y quedarnos encerrados lamentándonos por los objetivos electorales que no pudimos cumplir, o celebrar que somos muchos los que pensamos que podemos tener un país distinto, que estamos juntos, que no tenemos razón sino convicciones, y que nunca vamos a volver si no seguimos dando la lucha, dejando de lado nuestras individualidades en pos de un proyecto colectivo.

Vamos, compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, a salir militar fuertemente, todos juntos, que es el camino que aprendimos para lograr construir esa sociedad justa que siempre soñamos. Vamos, compañeros, vamos compañeras. ¡A no aflojar!