Back-up de textos de Germán Navas

Espacio que utilizo para mantener a salvo todo lo que escribo: cuentos, notas periodísticas, poesías, letras de canciones, fórmulas, historietas y recetas de cocina. Seguramente sea mi espacio más íntimo en la Web, por eso te pido discreción.

jueves, septiembre 21, 2017

Nombrarla


Me pregunto, infinitamente, para qué tuviste que nombrarla. Si todo era tan perfecto; perfecta la noche de estrellas, el enigma de tu aroma, los taninos vivos en tu lengua y el resto de vino en las copas. Tus uñas, perfectamente encastradas en mi espalda. Entonces, para qué. Para qué nombrarla así, si la música también era perfecta y el colchón nuevo de uno cincuenta.
Fue ver de reojo la boleta. Su foto en la boleta. Y transformarte. Entre mis libros, la boleta, transformarte bruscamente, largar el humo del después y despotricar. Y en un relámpago pasar del amor al desprecio, de la serenidad a la irritación, de la entrega a la embestida. Siempre creí que la ‘yegua’ era el mamífero hembra de la familia de los equinos. Mejor saberte así, somos seres de distinta naturaleza.

Por eso, cuando bajes del auto y esos tacos besen el suelo, no querrás volver a verme. Menos aún, cuando revises tu campera. Ojalá te traiga suerte. Que esa boleta que late, oculta en el bolsillo izquierdo, te traiga tanta suerte que algún día ella VUELVA.

Crónica de un terremoto


Se suponía que mi paso por México iba a ser muy breve: una simple escala de un día al regreso de un intenso viaje por Canadá. Pensé en aprovecharlo al máximo saliendo a recorrer algún pueblo histórico donde pudiese entrar en contacto con la cultura azteca.
Ese mismo día, el 19 de septiembre, dejé mi valija en un hotel de la ciudad de México y partí durante la madrugada hacia un pueblo de montaña, muy pintoresco, llamado Taxco, situado a 180 km. de distancia.
Después de unas horas, una vez que el ómnibus llegó a destino, comencé a recorrer el lugar y a caminar sus animadas callecitas. Para descansar un poco, elegí un banco en una plaza.
El sismo me tomó por sorpresa, como a todo el mundo. Yo estaba leyendo una novela del periodista Sietecase, cuando súbitamente empecé a sentir un pequeño temblor en el piso. Imaginé que se trataría del arribo de algún tren –o algo por el estilo- y seguí leyendo, compenetrado en la historia que el texto me proponía. En cuestión de segundos el temblor se hizo más fuerte y vino acompañado de un sonido muy grave. Cuando levanté la vista del libro, sentí algunos gritos y pude ver cómo mucha gente corría en dirección hacia donde yo me encontraba, es decir, al corazón de la plaza. Me paré y perdí la estabilidad inmediatamente. Todo ocurrió en pocos segundos. Me desesperé. No sabía qué hacer, hacia dónde correr y tampoco entendía del todo qué estaba pasando. El piso se movía mucho y era muy difícil mantenerse en pie. Se escucharon campanazos y estruendos. Más tarde, descubriría que los campanazos se habían producido naturalmente por el temblor de las iglesias, y los estruendos por la caída de tejas y distintos materiales que impactaban sobre el piso.
Cuando el terremoto apaciguó, todos estábamos en shock. Pregunté a dos estudiantes que se encontraban al lado mío qué era lo que había sucedido. “Un sismo”, contestaron confirmando lo que presuponía. El impacto emocional había sido tan grande que no me había dejado tiempo para procesarlo, para digerir toda aquella situación.
Volví a caminar por los lugares que había visitado unos minutos atrás y muchos de ellos estaban deteriorados. No vi gente herida, pero sí desesperada, en pánico y desmayada por el susto. Como se dañaron algunas antenas, no funcionaban los celulares para hacer llamados. Me conmovió el caso particular de una madre desesperada por contactar al jardín de su hijo. Quise quedarme junto a ella por unos minutos, y recién cuando pudo hablar y asegurarse de que estaba bien, me largué a llorar.
Caminé un poco más, solo, sin rumbo fijo, intentando poder ayudar a quien necesitara una mano, pero las fuerzas de seguridad y los servicios de salud nos pedían que nos mantuviésemos alejados por riesgo de nuevos derrumbes. Muchas zonas ya habían sido cercadas. Yo tenía ganas de abrazarme con alguien, de descargar mi angustia por todo lo que estaba ocurriendo, pero no tenía con quién.
Sin detener el paso, me topé con una estatua histórica, similar al Cristo Redentor de Río de Janeiro, pero de menor escala. Allí había un cartel manuscrito que rogaba alejarse la zona. De hecho, había pequeños escombros del propio Cristo en el piso. Tres mexicanos muy amigables se me acercaron a conversar, me advirtieron de lo peligroso que era estar en ese sitio, me subieron a un auto y me ofrecieron ir con ellos a su casa. No tenía mucho que pensar, necesitaba hablar con alguien y sentarme en algún lugar medianamente seguro. En el trayecto, me enteré que el terremoto había afectado también al D.F. y a otros estados. Yo venía pensando, ingenuamente, que sólo había irrumpido en el pueblo de Taxco.
Ya en sus casas, me dieron internet y avisé a mi familia que estaba bien, también  me prepararon una pequeña provisión de comida y bebimos un poco de tequilla. No sabía cuánto tiempo tendría que quedarme en Taxco, pero al día siguiente partía mi vuelo de regreso a Buenos Aires por la mañana.
Finalmente, me acompañaron a la terminal de ómnibus donde tuve que esperar cuatro horas hasta la partida del primer servicio de regreso hacia la ciudad de México, ya que los caminos estuvieron cortados por largas horas.
Durante el trayecto en micro me encontré con lo peor: gente removiendo escombros a oscuras, pidiendo silencio, casas derrumbadas, caminos destruidos. Llegué al hotel en el que me alojaba a las 2 de la mañana. Esa noche no pude dormir por la angustia. Y al día siguiente, luego de comprar todos los periódicos matutinos que conseguí, tomé el primer vuelo a Buenos Aires.
Ahora estoy de regreso en Morón y hoy retomé mi trabajo. No me está siendo fácil volver. Estoy acá, pero aún sigo allá. Estoy acá trabajando, pero sigo en la angustia de la madre que no podía contactar a su hijo, sigo en la voz de los que gritan para ser rescatados entre los escombros, en los ancianos, en los niños, en el Cristo que se cae a pedazos.

Estoy acá, escribiendo una vez más, pero sin dejar de pensar en el milagro de que estemos vivos.

lunes, agosto 14, 2017

Mormones

Hoy a las 8 de la mañana dos mormones me tocaron el timbre. Yo había dormido mal y poco. Entre asesinarlos y hacerlos pasar, opté por lo segundo. Buenos tipos, a la vista. El encuentro duró 15 o 20 minutos. Ellos me hablaron de Dios, y yo de la hegemonía de los medios de comunicación como sostén del gobierno neoliberal. Ellos me regalaron un libro sobre Jesús de Nazaret, y yo un apunte de Jesús (sic) Barbero que había usado para la facultad. Si bien todos mentimos cuando prometimos leer el material, pudimos hacer catarsis sobre lo que nos movilizaba. Yo los escuché y ellos me escucharon. Y aunque ya no creo que vuelvan, sentí que en ese momento a los tres nos unió una misma cosa: tener una convicción.
Pienso que hoy podemos elegir entre bajar los brazos y quedarnos encerrados lamentándonos por los objetivos electorales que no pudimos cumplir, o celebrar que somos muchos los que pensamos que podemos tener un país distinto, que estamos juntos, que no tenemos razón sino convicciones, y que nunca vamos a volver si no seguimos dando la lucha, dejando de lado nuestras individualidades en pos de un proyecto colectivo.

Vamos, compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, a salir militar fuertemente, todos juntos, que es el camino que aprendimos para lograr construir esa sociedad justa que siempre soñamos. Vamos, compañeros, vamos compañeras. ¡A no aflojar!

sábado, julio 01, 2017

Poema surrealista Nº 7


Gris melocotón
cuerpo ausente vientre salvaje
derroche de mantra

La montaña ha muerto
y es el tiempo de las cosas

Huye, no huyas
que afuera acecha
el roedor de versos tristes,
roedor de mirada de anzuelo


Huye, no huyas
que la melodía es efímera
el instante ha coagulado
la noche muerde el espacio celeste
y soy un tren de pasajeros

miércoles, mayo 17, 2017

Instrucciones para dar la mejor clase de su vida


- Comience por clasificar los contenidos que expondrá sirviéndose de la confección de cuadros sinópticos.
- Recuerde estudiar el material a conciencia; nunca subestime al saber: el conocimiento será su mejor herramienta.
- Mírese al espejo. Sí, ese es usted. Repita señalándose: “Voy a dar la mejor clase de mi vida”.
- La noche previa coma bien sano, evitando los picantes, y acuéstese temprano.
- Al día siguiente se sentirá nervioso. Es normal, le sucede a las personas que darán la mejor clase de sus vidas.
- Concurra al establecimiento educativo bañado y perfumado.
- Una vez en el dentro, examine con detenimiento al alumnado y elija a la mujer que más lo cautive.
- Enamórese de ella y dé la clase entera mirándola profundamente a los ojos.
- Registre cada uno de sus detalles físicos, gestuales e intelectuales y vaya coleccionándolos en su recuerdo.
- Con frecuencia diríjase a otros alumnos para evitar levantar sospechas y/o escenas de celos en los restantes concurrentes.
- Estará usted dando la mejor clase de su vida.
- Al finalizar, salude cordialmente al estudiantado y retírese del aula sin dejar de mirarla fijamente a los ojos.
- Una vez en su casa, dedíquele algunas líneas de poesía, prosa, o por qué no, intente dibujarla en el rincón de algún apunte.
- Linda, ¿verdad?
- No se apresure confesándole su amor si cree que ha de volver a verla pronto, sea cauteloso.
- Permítase, por la noche, fantasear con ella y evalúe si su desenvolvimiento acabó colmando sus expectativas más impúdicas.
- Lávese las manos con agua y jabón.
- Mírese al espejo, sonríase y acuéstese a dormir, que hoy ha dado la mejor clase de su vida y mañana será otro día.

miércoles, mayo 10, 2017

A los poetas del agua


Dicen que
el vino inspira
Fuente de creación 
Materia prima

En su rojo
vive el misterio
Es rubí brotando
del viñedo

Cuando un poeta del agua
hunde su verso en alcohol
La uva se vuelve vino 
y el mundo cabe en un racimo

La uva se vuelve vino
y el mundo cabe en un racimo

sábado, mayo 06, 2017

Es sólo literatura


No temas
es sólo literatura
No hay nada de qué preocuparse
Registro lo que me pasa
Escribo lo que siento lo que me sale
Y uso la imaginación
para completar
los huecos que mis historias dejan
No te alarmes
no tengo otra receta
Dame la mano
que nadie es de nadie
que ayer fue alguien hoy sos vos y mañana será otra
Así mi modo de vida
escribo para mí
no distorsiono no me obsesiono
Exagero un poco
Invento 
otro poco
No temas pequeña
ya podés abrazarme
Por favor no temas
que aunque sigas atrapada en mis textos
es sólo literatura

domingo, abril 09, 2017

Ella que marcha


            Las remeras turquesas se agrisan con el pesar de las nubes. Hoy no salió el sol y la mayoría de los elementos de la naturaleza huelen a leña mojada. Mis pies son el pegote del asfalto húmedo, mientras voy abriéndome paso a lo largo del hormiguero de manifestantes. Permiso.
            Observo, en mi interior, que existe una razón personal para estar aquí marchando, no voy a mentirme. Hace varias semanas que no sé nada de ella y comencé a extrañarla mucho; días y noches enteras pensándola. Y ese pálpito de que ella también estaría aquí marchando me significó algo así como una movilización dentro de otra movilización. Permiso, compañero, gracias.
            Avanzo buscándola en todas las direcciones posibles. Para colmo, la convocatoria fue muy buena, lo que dificultará mi tarea. ¿Dónde estará metida? Aun no sé qué voy a decirle cuando nos crucemos. Permiso, gracias. Ensayo palabras y frases sueltas. Un paso, una palabra; dos pasos, una frase; tres pasos, una palabra; cuatro pasos, otra frase.
            Allá arriba va oscureciendo y eso me ayudará a encontrarla más fácilmente. A ella, que tiene brillo propio. Los carteles, las pancartas, comienzan a humedecerse a causa de un rocío molesto que pronto será lluvia. ¿Qué sucedió que dejamos de vernos, de hablar? Me invaden unas ganas de encontrarla, abrazarla, besarla y llenarla de preguntas sobre su vida. Pienso retener cada mínimo detalle de lo que me cuente hasta el punto de convertirlo en propio.
            Aprieto el paso, permiso, permiso, permiso, y me protejo la cabeza cubriéndome con la capucha. A medida que corren los minutos, la luna se acrecienta pero apenas puede distinguirse entre las nubes que polarizan el cielo. Camino con la vista hacia abajo, hoy no quiero saludar a nadie que no sea ella. Todavía no hay señales, pero ya va a aparecer entre la espesura. Nunca falta a ninguna lucha, por lo que imagino que debe estar al frente de la columna.
            Me registro: voy cantando en coro una canción como por inercia. La melodía es tan inofensiva como infantil y, en contraste, la letra encierra un poder de denuncia inapelable. Mientras camino ligero, improviso mentalmente una lista de todo lo que me gusta de ella: verla llegar en bicicleta, sacar fotos, armar sus cigarrillos. Y qué decir de su pelo, rubio como la miel, sus tetas, y esa sonrisa fotogénica. 'Deberían asentar todo eso en su Veraz', pienso, y me río a mis adentros. Permiso, disculpen, intentaré pasar por aquí.
            Voy llegando al lugar de partida de la movilización, donde ella presumiblemente esté sosteniendo alguna bandera o elemento que pudieren llevar impresos la consigna. Me detengo para agudizar la búsqueda, recorro con la mirada los distintos grupos de manifestantes hasta que por fin puedo dar con ese rostro que se volvió seda cada vez que lo acaricié; quedando atrapado en esa sonrisa, que es su única arma para batallar la vida. Entonces me esfuerzo por detener el tiempo y saboreo ese infinito instante de contemplarla. Puedo oírla cantar con ímpetu, aplaudiendo a tempo. Su actitud de resistencia la vuelve aun más hermosa. Imagino a Cristina, a su edad, igual de seductora.
            De a poco voy disminuyendo el paso intentando infiltrarme 'espontáneamente' dentro de su campo visual, y para ser descubierto con mayor facilidad me bajo la capucha. Estamos a unos cinco metros de distancia y en la calle empieza a llover un poco más fuerte. Eludiendo el gentío, tomo coraje y voy a su encuentro, con permiso, gracias.
            Ella avanza despacio, al ritmo de la columna, y me mira de reojo. Está ahí por la lucha colectiva y lo sé. Yo estoy ahí por ella y también lo sabe. El canto general anuncia lo que será el final de la marcha y el ruido se vuelve ensordecedor. Todo lo que no es ella acaba desvaneciéndose. Cuidadosamente nos vamos acercando, y sin dejar de caminar, ya casi estamos uno al lado del otro. Quisiera que la lluvia se llevara mis prejuicios y poder besarla aquí mismo, delante de todo el mundo, como la noche en que fotografiamos al tango. Nos miramos fijo y ya estamos a punto de abrazarnos. Registro mis palpitaciones, y como otras veces, se me seca la boca.
Sabía que ibas a estar acá, por eso vine, porque te extraño todos los días de mi vida, y sé que quizás me apuré y no manejé bien las cosas, pero necesito volver a verte –no le digo. Alguien me aprieta el hombro desde atrás y me detiene. Giro y recibo un abrazo que me asfixia. 
- Germancito querido, cómo estás tanto tiempo -el estrujón me impide ver quién es. Una vez que me suelta, me encuentro con un viejo referente que empieza a hablarme de los medios de comunicación. Me ofrece participar en una campaña referida a alguna cuestión que no retengo ni me esfuerzo por retener. Mientras asiento con la cabeza, intentando eludir la conversación, pienso en que la columna sigue avanzando y que volví a perderla de vista. 
            El diluvio rompe la escena rematando aquel monólogo. Él se cubre la cabeza con las manos y en seguida nos despedimos. La columna se desintegra caóticamente a causa del aguacero y, como un trípode, permanezco mirando en panorámica cómo todo el mundo se zambulle de un lado al otro. En el agite, algunos se refugian bajo los árboles, los más previsores despliegan sus paraguas, y reina el caos generalizado. 
            Paneo una vez más en trescientos sesenta grados sin volver a verla, y mi mente se inunda de pensamientos desesperados. El cielo se derrumba a pedazos al igual que mi esperanza de encontrarla. Apunto a lo alto y, abriendo grande la boca, dejo entrar gotas y más gotas que son pequeñas ilusiones, las trago hasta ahogarme y toser. Luego de un rato, por fin, ya resignado, me rindo.
            Ahora mi cuerpo es pura agua que derrama a través mis extremidades, me pregunto cómo y dónde estará ella. Desplazando bruscamente a quien se me cruza en el camino, comienzo a andar ligero en dirección a mi casa, correte del medio por favor, sin poder distinguir los bombos de mis latidos. Mi rostro también está empapado, aunque no podría precisar cuánto por la lluvia y cuánto por las lágrimas. Córranse, abran paso. Por primera vez en mi vida, compruebo que se puede amar y morir en un mismo instante. Necesito sentarme a escribir eso. “Ella que marcha”, podría ser un buen título para comenzar. Salgan todos del medio. ¡Córranse, que voy a pasar!